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1 En todos los lugares donde llegó este decreto, la gente armó una gran fiesta con gritos de alegría, como si el odio que tenían guardado y endurecido por fin saliera a la luz.
2 Los judíos sufrieron un dolor muy grande y lloraron muchísimo, mientras sus corazones ardían de tristeza al lamentar la destrucción repentina que se había ordenado contra ellos, con todo a su alrededor viéndose tan gris.
3 ¿Qué casa, o ciudad, o cualquier lugar donde viviera gente, o qué calles hubo, que no se llenaran de llantos y lamentos por cómo estaban?
4 Los generales en las diferentes ciudades los echaron a todos juntos, con un sentimiento tan duro y sin corazón que lo exagerado del castigo hizo sentir mal hasta a algunos de sus enemigos. Estos, movidos por un sentimiento de humanidad, y pensando en las vueltas que da la vida, hasta soltaron lágrimas al ver cómo los corrían de esa forma tan triste.
5 A un montón de ancianos de cabello blanco los traían a la carrera, aunque apenas podían caminar y andaban encorvados, empujados a la fuerza por gente violenta y sin vergüenza.
6 Las muchachas que se acababan de casar hacía poco y que iban a disfrutar de la vida matrimonial, cambiaron la alegría por la desgracia; y con el pelo lleno de polvo en lugar de perfume de mirra, las llevaban a la fuerza sin el velo; y, aguantando los insultos de gente extraña, todas juntas soltaron un grito de dolor en vez de cantar el himno de bodas.
7 Amarrados y expuestos a las miradas de todos, los subieron a la fuerza a los barcos.
8 Los esposos de estas muchachas, en plena juventud y llenos de fuerza, en vez de llevar coronas, traían sogas al cuello. En lugar de fiestas y alegría de jóvenes, pasaron el resto de sus días de recién casados llorando, y viendo que la tumba ya los esperaba.
9 Los arrastraban con cadenas pesadas, como si fueran animales salvajes. A unos les metieron el cuello entre las bancas de los remeros, y a otros les pusieron grillos de fierro en los pies.
10 Las tablas de la cubierta que tenían arriba les tapaban la luz y no dejaban ver el día por ningún lado, para tratarlos como traidores durante todo el viaje.
11 Así se los llevaron en este barco, y al final llegaron a Esquedia. El rey había dado la orden de que los aventaran al enorme hipódromo que habían construido frente a la ciudad. El lugar estaba perfecto para que los viera todo el que llegaba a la ciudad, o los que salían para el campo. De esta manera, no podían comunicarse con la gente de él. Ni siquiera los consideraron dignos de darles un trato decente de seres humanos.
12 Cuando ya hicieron esto, el rey, enterándose de que los familiares de ellos que vivían en la ciudad a cada rato salían a llorar la profunda tristeza de estas víctimas,
13 se puso furioso y ordenó que a ellos también los trataran igualito, y sin tenerles ni tantita lástima.
14 Ahora toda la nación tenía que ser registrada. Tenían que anotar a cada persona por su nombre, no para ponerlos a hacer esos trabajos forzados que mencionamos antes, sino para poder someterlos a las torturas de las que ya hablamos; y por último, en cuestión de un día, acabar con ellos de la manera más cruel.
15 El registro de esta gente lo hicieron con crueldad, con muchas ganas y sin parar, desde que salía el sol hasta que se metía, y no lo terminaron ni en cuarenta días.
16 El rey andaba muy feliz todo el tiempo, y hacía banquetes delante de los ídolos de sus templos. Con su corazón perdido, muy lejos de la verdad, y con su boca profana, le daba la gloria a ídolos que son sordos y no pueden hablar ni ayudar a nadie, mientras decía cosas indignas contra el Dios Supremo.
17 Cuando se acabó el tiempo que mencionamos, los encargados del registro le avisaron al rey que la cantidad de judíos era demasiada para poder registrarlos,
18 porque todavía quedaban muchos en el país, algunos en casas habitadas y otros dispersos por varios lados, así que todos los comandantes que había en Egipto no daban abasto para el trabajo.
19 El rey los amenazó y les echó en cara que estaban recibiendo mordidas para ayudar a que los judíos se escaparan, pero al final quedó convencido de que le decían la verdad.
20 Ellos le dijeron y le demostraron que hasta el papel y las plumas se les habían acabado para terminar el trabajo.
21 Ahora bien, esto fue una clara intervención de la invencible Providencia de Dios que ayudó a los judíos desde el cielo.