9
1 Me contestó: “Tú mismo ponte a sacar tus conclusiones. Cuando veas que ya pasaron una parte de las señales de las que ya te había avisado,
2 entonces vas a entender que ya se llegó la mera hora en que el Altísimo va a venir a visitar el mundo que él mismo hizo.
3 Cuando en el mundo se empiecen a ver temblores, alborotos de la gente, complots entre las naciones, líderes que no saben ni qué hacer y reyes todos norteados,
4 entonces te va a caer el veinte de que el Altísimo ya había hablado de esto desde hace muchísimo tiempo, desde el principio.
5 Porque así como en todo lo que se hace en el mundo, el principio se nota luego luego y el fin se ve venir clarito,
6 pues igualito son los tiempos del Altísimo: cómo empiezan se nota por los milagros y las maravillas que hace, y cómo terminan se ve por los resultados y las señales.
7 Todo el que se alcance a salvar, y que la libre por las cosas buenas que hizo, o por la fe que le ha tenido a Dios,
8 ese se va a librar de todos estos peligros que te platiqué, y le va a tocar ver mi salvación en mi propia tierra y adentro de mis fronteras, esas que yo mismo consagré desde un principio.
9 Entonces se van a quedar con el ojo cuadrado todos los que ahorita andan pisoteando mis leyes. A los que de plano mandaron mis caminos por un tubo les va a tocar sufrir de lo lindo.
10 Porque todos los que les fue bien en la vida y con todo y eso nunca quisieron conocerme,
11 y todos los que se burlaron de mi ley mientras todavía andaban libres, que tuvieron chance de arrepentirse pero se hicieron los sordos y nomás le hicieron el feo,
12 pues a esos les va a tocar conocerla a la mala, ya de muertos y en medio del sufrimiento.
13 Así que ya bájale a tu curiosidad por saber cómo van a castigar a los malos; mejor pregúntate cómo se van a salvar los buenos, esos que son los dueños de este mundo, y por los que se hizo este mundo”.
14 Y le contesté:
15 “Ya lo dije antes, y lo vuelvo a decir ahorita y no me cansaré de decirlo: que son muchísimos más los que se van a perder que los que se van a salvar,
16 es como comparar una ola grandota con una gotita de agua”.
17 Él me contestó: “Dependiendo el sapo es la pedrada: como esté el campo, así va a estar la semilla. Como estén las flores, así van a estar los colores. Y como esté el trabajo de cada quien, así va a ser el juicio que le toque. Como sea el campesino, así va a estar su parcela. Porque hubo un tiempo en el mundo
18 cuando yo andaba preparando las cosas para los que ahorita están vivos, antes de que el mundo se hiciera para que vivieran ahí. En ese entonces nadie me llevaba la contra,
19 porque todavía ni existían. Pero ahora que ya se hizo la gente en este mundo que les dejé preparadito, y que tienen una mesa llena donde no falta nada y una ley perfecta, se andan yendo por malos pasos.
20 Así que me puse a revisar mi mundo, y mira nomás, estaba hecho un desastre, y mi tierra estaba al borde del precipicio, y todo por culpa de las malas mañas que le entraron a la gente.
21 Yo los vi y les tuve compasión, pero nomás a un puñito de ellos. Me rescaté una uvita de todo un racimo, y una sola plantita de un bosque inmenso.
22 Pues que se pierda todo ese montón de gente, que de todos modos nacieron de oquis. Pero que se salve mi uva, y mi plantita, porque me costó un buen de trabajo dejarlas a la perfección.
23 Como sea, si te aguantas otros siete días más —eso sí, en estos días no vas a ayunar—,
24 y te vas a un campo de puras flores, donde no haya ninguna casa, y comes pura flor del campo (nada de carne ni vino, puro comer flores, ¿eh?)
25 y te la pasas orándole al Altísimo sin parar, entonces voy a venir a platicar contigo”.
26 Así que agarré camino, tal como me mandó, hacia el campo al que le dicen Ardat. Ahí me senté entre las flores, y comí de las hierbitas que había, y la verdad es que con eso me llené.
27 Pasando los siete días, yo andaba acostado en el pasto, y otra vez el corazón se me puso todo apachurrado, igualito que antes.
28 Empecé a soltar las palabras delante del Señor Altísimo, y dije:
29 “Oh Señor, tú te nos apareciste a nosotros, a nuestros abuelos allá en el desierto, cuando salían de Egipto y llegaron a aquel lugar tan feo, por donde no pasaba nadie y que no servía para nada.
30 Y les dijiste: ‘Escúchame, Israel. Pónganme atención, descendencia de Jacob.
31 Fíjense bien, yo voy a sembrar mi ley en ustedes, y va a dar buenos frutos, y por ella todo mundo los va a reconocer para siempre’.
32 Pero nuestros abuelos, los que recibieron tu ley, se hicieron de la vista gorda y no cumplieron con lo que mandaste. La semilla de tu ley no se echó a perder, porque eso era imposible, al cabo que venía de ti.
33 Los que se echaron a perder fueron los que la recibieron, porque no cuidaron la semillita que les dejaste.
34 Mira, por lo regular, cuando se siembra una semilla en la tierra, o un barco se mete al mar, o le echas comida y bebida a un plato o vaso, y pasa que la siembra se acaba, o el barco se hunde,
35 o se acaba lo que echaste, pues se pierde lo de adentro, pero el recipiente ahí se queda. Pero resulta que con nosotros la cosa no fue así.
36 Porque a nosotros, los que recibimos tu ley, nos va a cargar el payaso por andar de pecadores, y el corazón con el que recibimos la ley se nos va a echar a perder con nosotros.
37 Pero la ley, esa no se echa a perder, se queda tal cual y con todo su valor”.
38 Mientras andaba yo pensando todas estas cosas, volteé para todos lados, y a mano derecha vi a una señora; y resulta que andaba llore y llore, dando de gritos de pura tristeza y angustia. Traía la ropa rota y la cabeza llena de cenizas.
39 Entonces me olvidé de todo lo que andaba pensando y me acerqué a ella,
40 y le pregunté: “¿Qué le pasa? ¿Por qué llora y anda tan triste?”
41 Ella me contestó: “Déjeme en paz, mi Señor, déjeme llorar mis penas y sufrir a gusto, porque traigo el alma destrozada y ando por los suelos”.
42 Le dije: “Pero cuénteme, ¿qué le pasó?”
43 Y me dijo: “Fíjese que yo, su servidora, no podía tener familia y nunca tuve un bebé, a pesar de que duré treinta años casada.
44 Todos los días y a cada rato, durante esos treinta años, yo me la pasaba rezándole al Altísimo de día y de noche.
45 Y ándele que después de treinta años, Dios se apiadó de esta pobre servidora; vio lo amolada que andaba, le dio lástima mi dolor, y me concedió un hijo. Hombre, andábamos brincando de alegría mi viejo, yo, y todos los vecinos. Le dimos muchas gracias y honores al Poderoso.
46 Lo crié con un chorro de cuidado.
47 Y pues ya que creció, cuando le busqué mujer y llegó el día de la boda, le armé una fiesta a lo grande.